domingo, 15 de junio de 2014

Pancho, el Perro Millonario



“¿Pero qué hago yo aquí?”, “a ver cuándo acaba esto”, o simplemente “jo, qué rollo” son sólo algunas de las cosas que me pasaban por la cabeza cuando estaba el jueves pasado en el cine con mis niños viendo Pancho, el Perro Millonario. No sintáis lástima por mi, no, que aquí cada uno tiene lo que se merece.

Yo siempre he odiado las pelis de perros, así en general. Ni Lassie, ni Beethoven, ni Socios y Sabuesos, ni Rex el perro policía, ni Cujo el perro asesino ese… Los detesto, y si además el bicho tiene sentimientos y ayuda a su amo a entender el valor de la vida y del amor, ya me enfermo vivo. Sólo recuerdo una peli con un perro entre el reparto principal que me haya gustado: la maravillosa The Artist.

¿Qué hago yo entonces en el cine viendo a Pancho? Para comprenderlo hay que retroceder unos días, cuando cayó en mis manos un Cinemanía en el que leí que alguien había tenido la audacia de producir un largometraje entero sobre el perro del anuncio de la lotería. “Vaya tontería más marciana” pensé yo, y seguí leyendo: protagonizada por Patricia Conde (“¡ostras!”), con la aparición de María Castro (“¡oh!”) y Marta Hazas (“¡anda!”).  Inmediatamente, el hemisferio cupletero de mi cerebro tomó el mando de toda mi materia gris y grité:

-          Niños, ¿queréis ir a ver la peli de Pancho?

-          ¡¡¡¡Síííí!!!!

El resto ya es historia.

Voy a intentar olvidar la manía que le tengo al cine canino para explicar por qué Pancho es una mala película. Principalmente el problema es que no tiene pulso, el ritmo es inexistente. A mis niños les gustó mucho, o eso dicen, pero la verdad es que pasada la primera media hora la niña no paró de treparme y retreparme, y el niño se pasó más rato de pie que sentado.  A las payasadas del perro no les vi  gracia ninguna. El protagonista varón, Iván Massagué, es de un desdibujado que te mata de aburrimiento. Aparece una pareja de esbirros tontorrones , Alex O’Dogherty y Secun de la Rosa  que no funcionan en absoluto, sobre todo, me parece a mi, porque no hay química ninguna entre los dos (¡está muy feo hacerle eso al gran Secun!). César Saracho nos hace una prolongación de su Bernardo de Cámara Café pero en entrenador de perros… resulta resobado y tampoco funciona bien.

Pero no todo en Pancho es malo. La canción de Efecto Pasillo (Me Sabe Bien) es de muy buen rollo. Tenemos a un buen malvado encarnado con clase por Armando del Río. Un buen puñado de secundarios defiende muy dignamente su plaza, como Eloy Azorín, María Castro y sobre todo Marta Hazas.

De todos modos, lo que de verdad me sacaba a ratos de mi letargo era Patricia Conde, no os voy a engañar. Con un desparpajo encantador, buena presentadora y showwoman, pero ¿es actriz? Creo que aún no. Empieza francamente mal, pero según avanza la película va mejorando y llega a lucirse plenamente cuando hace eso que se le da tan bien: interpretar a una rubia guapa y lista que se hace la tonta, o interpretar a una guapa y tonta que se hace la lista. Ambas cosas las borda, y dentro de esos registros nos regala unos cuantos buenos gags.

Para mi que Disney ha puesto a Angelina Jolie al frente de Maléfica para incentivar que los padres (varones) lleven a sus hijos al cine, y que aquí se ha buscado una estrategia parecida confiando en  el tirón de Patricia Conde entre el público masculino. Y los fans de ésta no nos vamos con las manos vacías. Nosotros pagamos las entradas de nuestros niños y a cambio el director de Pancho , Tom Fernández, nos regala todo un muestrario de gestitos traviesos de la guapa (y sobre todo muy salada) vallisoletana… y además ahora mírala con el pelo mojado, y ahora mira cómo mueve la cadera con esta falda de tubo y estos tacones, y ahora un poco de escote…  ¡qué previsibles somos los padres cupleteros!

 

jueves, 29 de mayo de 2014

Dentro y Fuera



Actualmente en mi amada Madrid tenemos una oferta teatral tan amplia que es prácticamente inabarcable. Para todos los gustos, para todos los presupuestos y en todo tipo de salas. Desde las superproducciones musicales de los grandes teatros tradicionales de la Gran Vía hasta todo tipo de microteatros en salas alternativas, sótanos de bares de copas o librerías. Este fenómeno es sin duda el resultado de una vibración creativa que sacude la ciudad y brota por cualquier rendija, pero también es un síntoma de una peligrosa y preocupante desestructuración y desprofesionalización de la industria teatral. Así están las cosas, existe sin duda un conflicto que resolver pero no es esta mi tarea… yo aquí he venido a cupletear.

A medio camino exactamente entre los grandes teatros y las minisalas improvisadas está la Sala AZarte, una sala mediana que cuenta con un pequeño patio de butacas, pero ni anfiteatro, ni acomodador, ni cortinas de terciopelo rojas. En esta sala se representa actualmente Dentro y Fuera, dirigida y escrita por Víctor García León (que firmó la buenísima película Vete de Mi).

Todos conocéis ya la fascinación que me provocan los actores y su oficio, así que no es de extrañar que disfrute especialmente  con obras como esta, en las que actores interpretan a actores, pero en este caso además los actores interpretan a actores que están interpretando una obra dentro de la obra… algo así como los sucesivos niveles de sueño de la película Origen. Se nos muestran las intrigas y los dramas del camerino (¡con lo que disfruto yo mirando donde no debo!), pero también esa obra dentro de la obra que se descontrola totalmente regalándonos momentos absolutamente desternillantes.

Gracias a un novedoso (al menos para mi) y eficaz recurso escénico, esta obra puede experimentarse de dos formas distintas por el espectador. Es una obra “reversible” (dentro-fuera, ya avisa el título) de modo que un mismo relato puede ser digerido de dos formas diferentes. Estoy siendo deliberadamente confuso para no ser demasiado spoiler, pero os lo voy a resumir: mola mogollón.

Es necesario remarcar lo extraordinariamente buenas que son las interpretaciones. Paola Matienzo es un muy correcto juguete roto, una mujer rendida, a quien debemos además la idea del doble montaje.  Alberto Jiménez, que será para siempre el padre del amigo de El Bola, está totalmente convincente en su viaje hacia el delirio y sus forcejeos con la realidad y con sus compañeros.

Impresionante Alicia Rubio, una actriz que me fascina, desconocida (aún) por el público en general pero muy conocida y reconocida (premio de la Unión de Actores a la mejor actriz secundaria de cine 2013) dentro de la profesión. Actriz de tremenda fuerza cómica, con especial “mano” para los papeles costumbristas (bien lo sabe Daniel Sánchez Arévalo) pero además es un animal dentro del registro dramático… la verdad que tiene cuando llena sus ojazos de lágrimas es algo conmovedor. Por ello en Dentro y Fuera dirige su papel entre lo patético y lo cómico sin dificultad alguna.

Igualmente no muy conocido por el gran público pero archiconocido dentro del mundo escénico es Pepe Ocio, un excelente actor que encarna a la perfección a héroes discretos, a pobres hombre superados por su realidad y a iluminados en el borde de la locura o el fundamentalismo. En este caso nos sorprende con un registro cómico absolutamente hilarante y un acertadísimo retrato de algo así como un “tonto con suerte”. Tiene Ocio en Dentro y Fuera el reto de interpretar a un actor que es mal actor… algo que sin duda debió costarle mucho trabajo.  

De forma modesta pero bella se tratan en esta propuesta teatral  los conceptos “dentro” y “fuera”, que son tan relativos y subjetivos como podrían serlo “realidad” y “teatro”. Todos hemos tenido la sensación de estar interpretando un papel en la vida real, así como todos hemos creído estar tocando la más pura realidad en un teatro… al menos al Cupletero le pasa.

sábado, 17 de mayo de 2014

Nueva Vida en Nueva York


Durante el curso 1998-99, el Cupletero aún no estaba inventado, pero estaba gestándose. Aquel  pre-cupletero o cupletero-larva vivía una experiencia alucinante: una beca Erasmus. El programa erasmus responde desde 1987 a una iniciativa de la Unión Europea para “fabricar” ciudadanos europeos con conciencia de serlo, a través de intercambios entre universidades y ayudas económicas a los estudiantes. Es seguramente el mayor acierto en política cultural europea de la historia y para los participantes una experiencia absolutamente positiva tanto académica como personalmente. Y divertida. Muy, muy, muy divertida. Si uno tiene mucha suerte puede incluso conocer a su futura esposa.

Al poco de volver de aquel inolvidable paréntesis se estrenó Una Casa de Locos (2002), pésima traducción de L’Auberge Espagnole, en la tradición de añadir el adjetivo “loco” al nombre para ir avisando de que se trata de una “divertida comedia”: Loca Academia de Policía (Police Academy), La Loca Historia de las Galaxias (Spaceballs), El Abuelo Está Loco (The Gnome-Mobile), La Loca Historia del Mundo (History of the World Part I)… esto es una buena mierda que debería parar ¡pero ya!

Una Casa de Locos, evaluada fríamente, seguramente no pase de comedia medianamente correcta, pero recrea tan acertadamente el ambiente y las peripecias erasmus que consiguió que llorara de nostalgia. No hablo en sentido figurado, hablo de agua por mis mejillas.

En 2005, el mismo director, Cèdric Klapisch, realizó la primera secuela, Las Muñecas Rusas (esta vez sí, Les Poupées Russes) repitiendo gran parte del reparto y configurando una flojísima película del género “treintañeros dudan si es el momento de sentar la cabeza o no”. A pesar de pillarme en la edad justa de nuevo, no me dijo nada.

Pero ahora se estrena Nueva Vida en Nueva York, traducción libre, tontorrona y spoiler de Casse-tête Chinois (vuelta a las andadas) y esta vez vuelve a tocarme la fibra.  La vida del protagonista de la trilogía, Xavier (Romain Duris), no es exactamente como la mía pero existen suficientes paralelismos como para que me sienta muy identificado con el personaje. Se acerca a los 40 (como yo), tiene un hijo y una hija (como yo), conoció a su mujer y madre de éstos durante su beca erasmus (como yo) y sobre todo es alguien que asiste atónito a un mundo en el que todo el mundo parece saber lo que quiere y cómo conseguirlo, y que por lo tanto marcha firme en esa dirección; mientras tanto, él lidia con una realidad propia azarosa e incontrolable frente a la que sólo puede ir adaptándose como buenamente puede. 

También me une a Xavier una clara tendencia a rodearme de amistades femeninas… yo no tengo, como él, una amiga íntima lesbiana (¡grandísma Cécile de France en este papel!), pero me encantaría; es algo que creo que me merezco y que algún día se me concederá.

Un rompecabezas chino (casse-tête chinois) es algo que no se entiende al primer vistazo pero es un desafío alcanzable: al final todas las piezas encajan. O eso dice esta película, que trata de la complejidad de la vida pero siempre dentro de el tono ligero y en cierta medida edulcorado de una comedia pura. El marco elegido es acertadamente un Nueva York no de postal, sino de asfalto agrietado y engorrosos papeleos, pero que aún así  simboliza, como siempre, la posibilidad de una nueva oportunidad y de la constante reconstrucción de la identidad propia. 

Muy divertida, amena, rápida, atractiva visualmente y con una banda sonora chulísima, la película flojea sin embargo en el desenlace final, como es habitual en la mayoría de las comedias, por otra parte.  A mi me encantó pero no me atrevería a recomendarla con mucha insistencia, porque no todo el mundo tiene porqué sentir la sintonía con Xavier que tiene el Cupletero, que es padre de familia pero aún no sabe qué quiere ser de mayor…

Y recordad, el cine francés siempre en versión original, ¡eh!

 

sábado, 10 de mayo de 2014

Snowpiercer





Este fin de semana se estrena la producción surcoreana Snowpiercer. Pero que nadie espere ver una película de esas cutres como las que están viendo los chinos del frutos-secos cuando vas a comprar hielo, sino más bien un peliculón de calidad hollywoodiense con una factura increíble y un repartazo con estrellas de 3 continentes.

El punto de partida es tan sencillo que resulta naíf: la amenaza del calentamiento global es convertida en apocalipsis glacial por la estulticia humana y los únicos supervivientes se refugian en un tren que les protege de una intemperie ultra-hostil pero que no debe detenerse en ningún momento. Tiene mucho mérito convertir esto en una excelente película de acción futurista, con todos los condicionantes espaciales de un vagón de tren para desarrollar todo tipo de tiroteos y batallas campales indoor. El encargado de conseguirlo es el director Joon-ho Bong (The Host) y desde luego demuestra una habilidad impresionante para poner todo tipo de recursos visuales al servicio del espectáculo. También es evidente que domina el ritmo narrativo que el género necesita.

Si la peli se quedase ahí sería como meter a los 300 de Leónidas en el Cercanías y ya. Pero no, Snowpiercer es además una atroz crítica a una estructura social estratificada donde todo lo que ocurre está orquestado para perpetuarse sin variación alguna. Incómoda y escalofriantemente similar al mundo que vivimos, desde luego.

El reparto es bien marciano pero funciona a la perfección. Tenemos a Kang-ho Song, que es la superestrella del cine de acción coreano y a Ah-sung Ko, la lolita asiática. Aparece brevemente un Ed Harris correcto como siempre. Jamie Bell (Billy Elliot para la eternidad) nos hace ballet a tortazos y a tiros. John Hurt hace de sabio, como no puede ser de otra forma con esa cara de listo. Chris Evans (El Capitán América) está sorprendentemente bien. Seguramente demasiado guapete y demasiado musculitos para resultar duro a cara lavada, mejora mucho apareciendo desaseado y sobrearropado; la verdad es que está muy convincente.

Mención aparte merece Tilda Swinton, una actriz por la que el Cupletero siente pasión absoluta. Evidentemente dotada para la interpretación pero además obsequiada con un físico tan particular que puede hacer de todo menos de mujer “normal”. Guapísima o feísima según a ella le dé la gana, en esta peli borda el papel de la repulsiva Ministra Mason. Me encantaría preguntarle si, como a mi me dio la impresión, se inspiró en Margaret Thatcher para definir el papel. Un día de estos la llamo y se lo comento.

Snowpiercer es una experiencia intensa, con mucha violencia, mucha acción y mucha claustrofobia social. Pero para disfrutarla hay que ir preparado porque la sangre te salpica y porque , como es habitual en el género, hay que aguantar alguna y que otra bravuconada innecesaria y alguna línea de diálogo tontorrona.

Augurio cupletero: Snowpiercer va a ser el Gangnam Style del cine de acción. A ver si acierto.

domingo, 27 de abril de 2014

Los Goonies

 
Necesitamos historias de aventuras. La incertidumbre ante el futuro de la cual somos totalmente conscientes (peaje a pagar por ser seres racionales) hace que necesitemos ejemplos de personajes que sortean dificultades y sobresaltos hasta llegar a buen fin. Sin una mínima cultura de la audacia que nos enseñe que merece la pena avanzar, aunque sea arriesgándose y transformándose, seríamos incapaces de avanzar… ¡ni tan siquiera de cruzar una calle! Viviríamos absolutamente paralizados. Pero además hay una edad, al final de la niñez y principio de la adolescencia en que necesitamos ración doble de aventuras. Nuestro cuerpo y nuestra mente cambian a tal velocidad que no sólo no sabemos hacia dónde vamos, sino tampoco con qué contamos: ni lo que seremos ni tan siquiera lo que somos en ese momento.  Es un aterrador proceso de cambio que llamamos “crecer”. Afortunadamente hemos inventado las historias de aventuras, que no sólo entretienen y emocionan, sino que ayudan a confiar en que todo cambio puede ser a mejor. ¡Qué alivio! En este aspecto Los Goonies son una referencia imprescindible para mi, y creo que para toda mi generación. 
El cine de aventuras es principalmente exótico. Tiene lugar en otras épocas (imperio romano, conquista del Oeste, edad media…) o en otros lugares (los mares del sur, la Tierra Media, una galaxia lejana muy muy lejana…) y los protagonizan tipos con una capacidad viajera inalcanzable (Indiana Jones, James Bond o Jason Bourne no pisan menos de 2 continentes en cada peli), a veces incluso hasta viajera en el tiempo (Marty McFly). El recurso del exotismo es muy eficaz para conseguir una mayor y mejor evasión del espectador respecto de su gris y monótona realidad. Y lo digo como algo bueno, yo adoro viajar en el cine en tiempo y espacio.
Pero hay otro género de aventuras que podríamos llamar locales, que ocurren debajo de tu cama. Este género es muy difícil porque se corre constantemente el riesgo de quedarse en lo demasiado cotidiano y por lo tanto aburrido, y es aquí donde Los Goonies ocupa un lugar de honor. Muchas pelis quisieron (y quieren) ser Los Goonies pero sólo una lo consiguió. En el subgénero de pandillas de amigos que viven aventuras a un radio de un paseo en bici desde su casa no existe rival, y es que esta película tiene una acumulación de aciertos impresionante.
Presentar a un grupo de niños-adolescentes resabiados que hacen su vida, sin que resulten personajes cursis y pedantes no es sencillo, y Los Goonies lo consigue. Suficientemente gamberros como para no resultar dóciles pero suficientemente buenazos como para no rezumar delincuencia juvenil. No están salidos como los de Porky’s, pero tampoco son unos mojigatos. De clase media para conectar con la inmensa mayoría de la población, pero no tan acomodados como para resultar irritantes. Convencionales pero no tanto, modernos pero no tanto. Incluso arriesga al poner en su banda sonora a Cindy Lauper, bandera absoluta de la modernidad en aquel  1985. Recomiendo muy cupleteramente ver esa marcianada de videoclip de The Goonies ‘R’ Good Enough que junta a los goonies, la Lauper, Spielberg y varias estrellas de la lucha libre americana de la época incluyendo a André el Gigante. Maravilloso.
La historia hace codearse a nuestros jóvenes héroes con personajes marginales en la tradición de lo que ocurre en Tom Sawyer , Los Tres Investigadores o Los Cinco, pero perfectamente actualizados, sin necesidad de hacer moñeces como ir de pic-nic a tomar pastel de jengibre y beber zarzaparrilla (¿pero qué demonios es eso?). No sólo eso, sino que la trama da convincentemente el salto desde ahí, desde la aventura de pueblo, a la de piratas sin salir del término municipal.
Otro grandísimo acierto es la heterogeneidad de la pandilla que se forma, que junta chavales de distintas razas, sexos, edades, tallas (¡impagable el supermeneo de Gordi!) y hasta cocientes intelectuales (bellísima la integración de ese Sloth inicialmente monstuoso).  Ello enriquece muchísimo la interacción entre personajes y ayuda a conectar con un amplísimo espectro de público.
La dirección de Richard Donner es absolutamente trepidante: no da un respiro. Sólo necesita lo que duran los títulos de crédito iniciales para presentar perfectamente a todos los personajes de forma magistralmente ágil. Y luego directos al lío, sin parar hasta desactivar una banda de malhechores y reflotar un buque pirata.
Por todas estas razones y seguramente muchas más, esta película hizo exclamar al joven Cupletero de 10 años al salir del cine: “¡os-tras, cómo ha chanado!” Pero no sólo nos gustó de niños, sino que nos hace volver a ser niños cada vez que la vemos, y eso es un mérito extraordinario. ¿Habéis intentado volver a ver El Coche Fantástico, V o El Equipo A? No lo hagáis, es desolador .
Inesperadamente, esta película y el paso del tiempo guardan una importante enseñanza: no todos los niños guapitos se convierten en apuestos hombretones, ni viceversa. Sean Austin (Mikey) está hoy en día hecho un… bueno, un Samsagaz Gamyi. Sin embargo Jeff Cohen (Gordi) es uno de esos calvos interesantes… ¡y delgado! Nada es para siempre.
Hace pocos días se confirmó que está en marcha el proyecto Goonies 2, con Spielberg y Donner nuevamente al frente.  ¡Qué manía con sobar lo que un día funcionó! No os va a salir nada ni la mitad de bueno, y vais a cabrear al Cupletero pero bien. Luego cuando os retire la palabra os quejaréis.
 
 

miércoles, 16 de abril de 2014

Tren de Noche a Lisboa


Hoy estrenan Tren de Noche a Lisboa y empiezan las vacaciones de Semana Santa. “Vacaciones de Semana Santa” es lo que en España llamamos a esos 2 días no laborables que hay en primavera en fecha variable para que a uno no le quede más remedio que andar preguntando desde el día de Reyes “¿sabe alguien en qué fechas cae este año Semana Santa?”.  O sea que son una vacaciones cortas, y por lo tanto recomiendo no perder ni un minuto en ir a ver esta película.

En el cine actual  hay que desconfiar mucho de dos cosas: los repartos estelares  y las localizaciones pintorescas.  Tren de Noche a Lisboa cuenta con ambas.

Entre los secundarios de lujo encontramos a Christopher Lee, el eterno Drácula, o Saruman para las nuevas generaciones, que en esta ocasión cambia colmillos y magia por alzacuellos. Y sobre todo tenemos a Charlotte Rampling, una de mis grandes debilidades. Bellísima y elegante mujer que además ha sido obsequiada con el don de envejecer bien, que no es envejecer poco o aparentar menos edad, en contra de lo que piensan algunos. En ella el tiempo se ha ido asentando de forma armónica, dejando intacta su esencia de mujer inteligente y misteriosa tanto como bella, pero sin disimulos ni trampantojos respecto a su madurez. Una de mis indiscutibles dentro de la categoría de actrices senior.

Tren de Noche a Lisboa también tiene la suerte de contar con una de mis actrices favoritas dentro de aquellas que están ya abandonado  la categoría junior: Mélanie Laurent. La actual chica de moda en Francia, pero para mi, sobre todo, la maldita bastarda de Tarantino. Muy correcta actriz y con una belleza que mantiene un difícil equilibrio entre lo angelical y lo arrogante como sólo las lolitas y post-lolitas francesas pueden hacer. A mi, desde luego, esta chica me desarma.

El gran reclamo de la película es, evidentemente,  Jeremy Irons, actor con una legión de fans y que yo reconozco como gran actor, pero que sin embargo me suele dejar tibio como un café de ayer.  Tal vez porque supo que el Cupletero acudiría a la première de esta película en Madrid (gracias Apía, gracias Carmen), Irons decidió acudir también al pase. Como ya he dicho, no es uno de mis predilectos, pero su presencia y sus palabras previas a la proyección de la película fueron lo mejor del evento. Muy elegante (no me refiero a bien vestido, que también, sino a su actitud) pronunció con su hermosa voz pausada bellas palabras sobre una película que él ha protagonizado pero que evidentemente no ha visto.  

Las muy fotogénicas ciudades de Lisboa y Berna son el telón de fondo de la historia, que alterna una trama de investigación en la actualidad con otra de resistencia revolucionaria de tiempos de la dictadura portuguesa. Así visto, la idea no es mala y además es de agradecer que se trate en el cine el tema de Salazar y la Revolución de los Claveles (el levantamiento que tumbó el régimen de aquél) , que es algo de lo que, en general, sabemos insultantemente poco.  Nuestros vecinos ibéricos no se merecen, de ninguna manera, la indiferencia con que les tratamos a ellos y a su historia, la verdad.  

Por una parte, el problema de Tren de Noche a Lisboa es que es una película de grandes actores pero con interpretaciones  que nos son nada excepcionales. No pasan de correctas. Pero el gran problema de la peli es que el guion sobre el que se apoya el relato es blando, desestructurado e incomprensiblemente aleatorio. Los acontecimientos ocurren porque sí y la trama avanza (a duras penas) gracias a casualidades absurdas y a recursos argumentales  increíbles (¿cuentas tu vida a la señora que te gradúa las gafas en la primera visita? ¿hola?). Lo inverosímil en cine no es malo, en principio, sino más bien una licencia que perdonamos a cambio de acción, entretenimiento o pasión.  Pero es que Tren de Noche a Lisboa no tiene nada de eso: la trama resulta lenta y los diálogos tediosos (¡eternos!), por no hablar de las soporíferas lecturas en off de textos de una belleza supuestamente sublime. 

Otra cosa, ¿seguro que hay un tren nocturno que cubra el trayecto Berna-Lisboa? ¿2005 km en una noche? No sé, yo de esta película no me creo nada.

sábado, 12 de abril de 2014

Crónicas Diplomáticas



Entre los estrenos de la semana pasada tenemos Crónicas Diplomáticas (Quai d’Orsay en versión original, como ya todos habréis adivinado). Es una comedia francesa. Aquí ya muchos habrán dejado de leer, considerando un desvarío del Cupletero unir dos términos contrapuestos como son “comedia” por un lado, y “francesa” por otro.

En España nos cuesta muchísimo reírles la gracia a los franceses, en cualquier aspecto en general y en cine en particular. Para la potencia cinematográfica que es Francia, nos llegan relativamente pocas producciones a las salas españolas, estrenándose sólo películas muy avaladas por los festivales y la taquilla. Las comedias se estrellan con mucha frecuencia, pero cuando funcionan en taquilla lo hacen a lo grande. Ahí están Tres Solteros y un Biberón, Los Visitantes, Bienvenidos al Norte o Intocable, bombazos de taquilla todos también en nuestro país. Supongo que con la esperanza de convertirse en una de esas excepciones a la regla llega a nuestras pantallas Crónicas Diplomáticas.

La cinta llega avalada primeramente por la firma de Bertrand Tavernier, uno de los grandes nombre galos, autor de aquella delicia llamada Hoy Comienza Todo (Ça Commence Aujourd’hui). También trae un premio César debajo del brazo, el que consiguió Niels Arestrup como mejor actor de reparto. Es efectivamente un papelón el que intrepreta el veterano actor, que se mete en la piel de un eficaz y pausado diplomático de carrera. Otra medalla que muestra orgullosa la película es el premio del jurado al mejor guion en el Festival de San Sebastián, y ahí sí que no estoy de acuerdo.

El punto fuerte de la película es el dibujo de los personajes, los diálogos y algunos de los gags, francamente muy divertidos. Pero la historia parte de ningún sitio para llegar exactamente al mismo sitio, lo que hace que el tiempo entre gag y gag se haga largo. Y sobre todo carece de recorrido en los personajes y sus interrelaciones, que ni evolucionan, ni entran en crisis, ni se resuelven las tensiones sexuales sugeridas ni nada de nada.

Lo que sostiene (tal vez a duras penas) la película es sobre todo el gran Thierry Lhermitte en la piel de ese Ministro de Asuntos Exteriores claramente inspirado, al menos formalmente, en Dominique de Villepin. Elegante y seductor como sólo un político francés puede serlo, también es un charlatán  profesional, preocupado por transmitir dinamismo y determinación aunque detrás de esa imagen proyectada a la opinión pública no haya más que un enorme vacío mononeuronal. Obsesionado por reducir una realidad apabullantemente complicada a 3 conceptos que poder defender, no es de extrañar que tenga una apasionada relación de amor con los subrayadores fluorescentes. Precisamente su discurso entorno a estos alegres rotuladores es lo mejor de la película, en mi opinión.

Personajes, sí. Historia, no.

Y recordad que la francofonía y la gestualidad que ésta conlleva se llevan especialmente mal con los doblajes… El cine francés, o se ve en francés o no se ve. Eso, y a hacer la colada en una lavandería pública, son las dos cosas que aprendí durante mi cupletero Erasmus parisino.