domingo, 27 de abril de 2014

Los Goonies

 
Necesitamos historias de aventuras. La incertidumbre ante el futuro de la cual somos totalmente conscientes (peaje a pagar por ser seres racionales) hace que necesitemos ejemplos de personajes que sortean dificultades y sobresaltos hasta llegar a buen fin. Sin una mínima cultura de la audacia que nos enseñe que merece la pena avanzar, aunque sea arriesgándose y transformándose, seríamos incapaces de avanzar… ¡ni tan siquiera de cruzar una calle! Viviríamos absolutamente paralizados. Pero además hay una edad, al final de la niñez y principio de la adolescencia en que necesitamos ración doble de aventuras. Nuestro cuerpo y nuestra mente cambian a tal velocidad que no sólo no sabemos hacia dónde vamos, sino tampoco con qué contamos: ni lo que seremos ni tan siquiera lo que somos en ese momento.  Es un aterrador proceso de cambio que llamamos “crecer”. Afortunadamente hemos inventado las historias de aventuras, que no sólo entretienen y emocionan, sino que ayudan a confiar en que todo cambio puede ser a mejor. ¡Qué alivio! En este aspecto Los Goonies son una referencia imprescindible para mi, y creo que para toda mi generación. 
El cine de aventuras es principalmente exótico. Tiene lugar en otras épocas (imperio romano, conquista del Oeste, edad media…) o en otros lugares (los mares del sur, la Tierra Media, una galaxia lejana muy muy lejana…) y los protagonizan tipos con una capacidad viajera inalcanzable (Indiana Jones, James Bond o Jason Bourne no pisan menos de 2 continentes en cada peli), a veces incluso hasta viajera en el tiempo (Marty McFly). El recurso del exotismo es muy eficaz para conseguir una mayor y mejor evasión del espectador respecto de su gris y monótona realidad. Y lo digo como algo bueno, yo adoro viajar en el cine en tiempo y espacio.
Pero hay otro género de aventuras que podríamos llamar locales, que ocurren debajo de tu cama. Este género es muy difícil porque se corre constantemente el riesgo de quedarse en lo demasiado cotidiano y por lo tanto aburrido, y es aquí donde Los Goonies ocupa un lugar de honor. Muchas pelis quisieron (y quieren) ser Los Goonies pero sólo una lo consiguió. En el subgénero de pandillas de amigos que viven aventuras a un radio de un paseo en bici desde su casa no existe rival, y es que esta película tiene una acumulación de aciertos impresionante.
Presentar a un grupo de niños-adolescentes resabiados que hacen su vida, sin que resulten personajes cursis y pedantes no es sencillo, y Los Goonies lo consigue. Suficientemente gamberros como para no resultar dóciles pero suficientemente buenazos como para no rezumar delincuencia juvenil. No están salidos como los de Porky’s, pero tampoco son unos mojigatos. De clase media para conectar con la inmensa mayoría de la población, pero no tan acomodados como para resultar irritantes. Convencionales pero no tanto, modernos pero no tanto. Incluso arriesga al poner en su banda sonora a Cindy Lauper, bandera absoluta de la modernidad en aquel  1985. Recomiendo muy cupleteramente ver esa marcianada de videoclip de The Goonies ‘R’ Good Enough que junta a los goonies, la Lauper, Spielberg y varias estrellas de la lucha libre americana de la época incluyendo a André el Gigante. Maravilloso.
La historia hace codearse a nuestros jóvenes héroes con personajes marginales en la tradición de lo que ocurre en Tom Sawyer , Los Tres Investigadores o Los Cinco, pero perfectamente actualizados, sin necesidad de hacer moñeces como ir de pic-nic a tomar pastel de jengibre y beber zarzaparrilla (¿pero qué demonios es eso?). No sólo eso, sino que la trama da convincentemente el salto desde ahí, desde la aventura de pueblo, a la de piratas sin salir del término municipal.
Otro grandísimo acierto es la heterogeneidad de la pandilla que se forma, que junta chavales de distintas razas, sexos, edades, tallas (¡impagable el supermeneo de Gordi!) y hasta cocientes intelectuales (bellísima la integración de ese Sloth inicialmente monstuoso).  Ello enriquece muchísimo la interacción entre personajes y ayuda a conectar con un amplísimo espectro de público.
La dirección de Richard Donner es absolutamente trepidante: no da un respiro. Sólo necesita lo que duran los títulos de crédito iniciales para presentar perfectamente a todos los personajes de forma magistralmente ágil. Y luego directos al lío, sin parar hasta desactivar una banda de malhechores y reflotar un buque pirata.
Por todas estas razones y seguramente muchas más, esta película hizo exclamar al joven Cupletero de 10 años al salir del cine: “¡os-tras, cómo ha chanado!” Pero no sólo nos gustó de niños, sino que nos hace volver a ser niños cada vez que la vemos, y eso es un mérito extraordinario. ¿Habéis intentado volver a ver El Coche Fantástico, V o El Equipo A? No lo hagáis, es desolador .
Inesperadamente, esta película y el paso del tiempo guardan una importante enseñanza: no todos los niños guapitos se convierten en apuestos hombretones, ni viceversa. Sean Austin (Mikey) está hoy en día hecho un… bueno, un Samsagaz Gamyi. Sin embargo Jeff Cohen (Gordi) es uno de esos calvos interesantes… ¡y delgado! Nada es para siempre.
Hace pocos días se confirmó que está en marcha el proyecto Goonies 2, con Spielberg y Donner nuevamente al frente.  ¡Qué manía con sobar lo que un día funcionó! No os va a salir nada ni la mitad de bueno, y vais a cabrear al Cupletero pero bien. Luego cuando os retire la palabra os quejaréis.
 
 

miércoles, 16 de abril de 2014

Tren de Noche a Lisboa


Hoy estrenan Tren de Noche a Lisboa y empiezan las vacaciones de Semana Santa. “Vacaciones de Semana Santa” es lo que en España llamamos a esos 2 días no laborables que hay en primavera en fecha variable para que a uno no le quede más remedio que andar preguntando desde el día de Reyes “¿sabe alguien en qué fechas cae este año Semana Santa?”.  O sea que son una vacaciones cortas, y por lo tanto recomiendo no perder ni un minuto en ir a ver esta película.

En el cine actual  hay que desconfiar mucho de dos cosas: los repartos estelares  y las localizaciones pintorescas.  Tren de Noche a Lisboa cuenta con ambas.

Entre los secundarios de lujo encontramos a Christopher Lee, el eterno Drácula, o Saruman para las nuevas generaciones, que en esta ocasión cambia colmillos y magia por alzacuellos. Y sobre todo tenemos a Charlotte Rampling, una de mis grandes debilidades. Bellísima y elegante mujer que además ha sido obsequiada con el don de envejecer bien, que no es envejecer poco o aparentar menos edad, en contra de lo que piensan algunos. En ella el tiempo se ha ido asentando de forma armónica, dejando intacta su esencia de mujer inteligente y misteriosa tanto como bella, pero sin disimulos ni trampantojos respecto a su madurez. Una de mis indiscutibles dentro de la categoría de actrices senior.

Tren de Noche a Lisboa también tiene la suerte de contar con una de mis actrices favoritas dentro de aquellas que están ya abandonado  la categoría junior: Mélanie Laurent. La actual chica de moda en Francia, pero para mi, sobre todo, la maldita bastarda de Tarantino. Muy correcta actriz y con una belleza que mantiene un difícil equilibrio entre lo angelical y lo arrogante como sólo las lolitas y post-lolitas francesas pueden hacer. A mi, desde luego, esta chica me desarma.

El gran reclamo de la película es, evidentemente,  Jeremy Irons, actor con una legión de fans y que yo reconozco como gran actor, pero que sin embargo me suele dejar tibio como un café de ayer.  Tal vez porque supo que el Cupletero acudiría a la première de esta película en Madrid (gracias Apía, gracias Carmen), Irons decidió acudir también al pase. Como ya he dicho, no es uno de mis predilectos, pero su presencia y sus palabras previas a la proyección de la película fueron lo mejor del evento. Muy elegante (no me refiero a bien vestido, que también, sino a su actitud) pronunció con su hermosa voz pausada bellas palabras sobre una película que él ha protagonizado pero que evidentemente no ha visto.  

Las muy fotogénicas ciudades de Lisboa y Berna son el telón de fondo de la historia, que alterna una trama de investigación en la actualidad con otra de resistencia revolucionaria de tiempos de la dictadura portuguesa. Así visto, la idea no es mala y además es de agradecer que se trate en el cine el tema de Salazar y la Revolución de los Claveles (el levantamiento que tumbó el régimen de aquél) , que es algo de lo que, en general, sabemos insultantemente poco.  Nuestros vecinos ibéricos no se merecen, de ninguna manera, la indiferencia con que les tratamos a ellos y a su historia, la verdad.  

Por una parte, el problema de Tren de Noche a Lisboa es que es una película de grandes actores pero con interpretaciones  que nos son nada excepcionales. No pasan de correctas. Pero el gran problema de la peli es que el guion sobre el que se apoya el relato es blando, desestructurado e incomprensiblemente aleatorio. Los acontecimientos ocurren porque sí y la trama avanza (a duras penas) gracias a casualidades absurdas y a recursos argumentales  increíbles (¿cuentas tu vida a la señora que te gradúa las gafas en la primera visita? ¿hola?). Lo inverosímil en cine no es malo, en principio, sino más bien una licencia que perdonamos a cambio de acción, entretenimiento o pasión.  Pero es que Tren de Noche a Lisboa no tiene nada de eso: la trama resulta lenta y los diálogos tediosos (¡eternos!), por no hablar de las soporíferas lecturas en off de textos de una belleza supuestamente sublime. 

Otra cosa, ¿seguro que hay un tren nocturno que cubra el trayecto Berna-Lisboa? ¿2005 km en una noche? No sé, yo de esta película no me creo nada.

sábado, 12 de abril de 2014

Crónicas Diplomáticas



Entre los estrenos de la semana pasada tenemos Crónicas Diplomáticas (Quai d’Orsay en versión original, como ya todos habréis adivinado). Es una comedia francesa. Aquí ya muchos habrán dejado de leer, considerando un desvarío del Cupletero unir dos términos contrapuestos como son “comedia” por un lado, y “francesa” por otro.

En España nos cuesta muchísimo reírles la gracia a los franceses, en cualquier aspecto en general y en cine en particular. Para la potencia cinematográfica que es Francia, nos llegan relativamente pocas producciones a las salas españolas, estrenándose sólo películas muy avaladas por los festivales y la taquilla. Las comedias se estrellan con mucha frecuencia, pero cuando funcionan en taquilla lo hacen a lo grande. Ahí están Tres Solteros y un Biberón, Los Visitantes, Bienvenidos al Norte o Intocable, bombazos de taquilla todos también en nuestro país. Supongo que con la esperanza de convertirse en una de esas excepciones a la regla llega a nuestras pantallas Crónicas Diplomáticas.

La cinta llega avalada primeramente por la firma de Bertrand Tavernier, uno de los grandes nombre galos, autor de aquella delicia llamada Hoy Comienza Todo (Ça Commence Aujourd’hui). También trae un premio César debajo del brazo, el que consiguió Niels Arestrup como mejor actor de reparto. Es efectivamente un papelón el que intrepreta el veterano actor, que se mete en la piel de un eficaz y pausado diplomático de carrera. Otra medalla que muestra orgullosa la película es el premio del jurado al mejor guion en el Festival de San Sebastián, y ahí sí que no estoy de acuerdo.

El punto fuerte de la película es el dibujo de los personajes, los diálogos y algunos de los gags, francamente muy divertidos. Pero la historia parte de ningún sitio para llegar exactamente al mismo sitio, lo que hace que el tiempo entre gag y gag se haga largo. Y sobre todo carece de recorrido en los personajes y sus interrelaciones, que ni evolucionan, ni entran en crisis, ni se resuelven las tensiones sexuales sugeridas ni nada de nada.

Lo que sostiene (tal vez a duras penas) la película es sobre todo el gran Thierry Lhermitte en la piel de ese Ministro de Asuntos Exteriores claramente inspirado, al menos formalmente, en Dominique de Villepin. Elegante y seductor como sólo un político francés puede serlo, también es un charlatán  profesional, preocupado por transmitir dinamismo y determinación aunque detrás de esa imagen proyectada a la opinión pública no haya más que un enorme vacío mononeuronal. Obsesionado por reducir una realidad apabullantemente complicada a 3 conceptos que poder defender, no es de extrañar que tenga una apasionada relación de amor con los subrayadores fluorescentes. Precisamente su discurso entorno a estos alegres rotuladores es lo mejor de la película, en mi opinión.

Personajes, sí. Historia, no.

Y recordad que la francofonía y la gestualidad que ésta conlleva se llevan especialmente mal con los doblajes… El cine francés, o se ve en francés o no se ve. Eso, y a hacer la colada en una lavandería pública, son las dos cosas que aprendí durante mi cupletero Erasmus parisino.

viernes, 4 de abril de 2014

Noé

 
 

Me vais a perdonar, pero si no empiezo así, reviento: ¡hoy inunda nuestras salas el Diluvio Universal!
El que más y el que menos está familiarizado con el personaje que da título a la película, aunque sólo sea por esa canción de campamento de “… estando en cocodrilo y el orangután, dos pequeñas serpientes, y el águila real…”. Lo primero que hice después de ver la película fue ir directo a las fuentes y leer el pasaje correspondiente de El Génesis. Mis sospechas se confirmaron: Noé es un personaje con muy poco interés si uno se ciñe a lo que se cuenta de él en La Biblia. Un hombre que por justo y obediente es el elegido por Dios para sobrevivir, él y su estirpe, a la gran purga, al exterminio de aquel ser corrupto en que se ha convertido la especie humana. Y por ser el único con la suficiente disciplina como para darse la trabajera de construir el salvavidas de toda la fauna. Bondad, obediencia y tesón… de eso no sale una película. Pero aun así en Hollywood se empeñan en hacer una superproducción entera sobre este sumiso obrero.
Tienen mucho oficio y mucho dinero en la industria cinematográfica americana, y la producción tiene elementos suficientes para salir a flote (otra vez un símil náutico, no lo pude evitar). Pero no es una película redonda, ni mucho menos, y por desgracia está lastrada por desaciertos que a punto están de hacer naufragar el proyecto como si fuera el Costa Concordia (ahí  va otro, lo siento).
Entre esa carga sobrante que en mi opinión deberían haber evitado está sobre todo el tratamiento de Los Vigilantes, unos ángeles caídos que se nos presentan como una suerte de Transformers antediluvianos (literalmente) que son un injerto infame creado al 100% con tecnología digital y que además lo parecen. Es decir, que protagonizan escenas de acción que parecen partidas de Playstation.  A ver si nos enteramos de que el que todo se pueda hacer gracias a los efectos digitales no significa que todo se deba hacer gracias a los efectos digitales, porque lo que ocurre muchas veces es que lo que sale no es cine, es un videojuego de mierda.
Tampoco está conseguido un buen ritmo narrativo en la primera mitad de la película, que resulta lenta y predecible… claro, todos sabemos qué encargo recibirá Noé y de parte de quién, pero eso no es excusa. Muchas películas sobre hechos históricos que todos conocemos consiguen intriga y emoción. En este caso, para intentar compensar en parte esa carencia se intenta sorprender al espectador en el ámbito de lo formal, tirando de recursos visuales potentes pero un poco pasados y por tanto no muy sorprendentes, que dan a algunas partes de la película un aire de videoclip o de experimento tipo Koyaanisqatsi : cámara rápida, vista de pájaro… dudosamente eficaz.
A pesar de todo esto, salí del cine con la sensación de que eran más numerosos los aciertos que los errores. Me gustó mucho, para empezar, la dirección de arte y vestuario. El Antiguo Testamento pasa totalmente por encima de Darwin, así que, a ocho generaciones de distancia desde Adán y Eva, ¿en qué momento de la cadena evolutiva estábamos? ¿Éramos australopithecus?, ¿homo neanderthalensis?, ¿homo erectus?, ¿sapiens? Y nuestros utensilios, ¿cómo eran?, ¿de la Edad de Piedra?, ¿Edad de Bronce?, ¿baja Edad Media? La opción tradicional es ambientar estos relatos en algo así como una primera Edad Antigua: sandalias, túnicas, dagas de hierro… La muy acertada opción de Aranofsky es crear una atmósfera atemporal, de ropas y utensilios de un discreto eclecticismo, que tan pronto te recuerdan al Neolítico, como a la Era Industrial o incluso a un futuro post-apocalíptico.  
Pero sobre todo, el gran mérito de Aranofsky es enriquecer el personaje de Noé con elementos de duda, de fanatismo, de autocensura y de debilidad. En la segunda mitad de la película, el personaje, excelentemente encarnado por Russell Crowe, evoluciona hacia posiciones de tormento, autodestrucción  y conflicto muy interesantes.  Conflicto con su creador, con su familia y consigo mismo.  
Por otra parte, la historia gana interés respecto a El Génesis  por que se subraya y se alarga el conflicto entre los descendientes de Caín y de Set hasta más allá del Diluvio, lo que permite cierto suspense hasta el final.
También es muy de agradecer que se refuerce el papel de las mujeres, que en La Biblia no tienen ni nombre. El personaje de Ila (interpretada solventemente por Emma Watson) es imprescindible para que el relato tenga sus puntos de inflexión y poder escapar de la literalidad bíblica.  Y gran parte del interés de la película, para mi, está en Naameh, interpretada a la perfección por Jennifer Connelly, quien ya demostró su buena química con Crowe en Una Mente Maravillosa. Discreta y hasta anodina en la primera mitad, el personaje de Connelly pasa más tarde a la pista central y nos regala los mejores momentos interpretativos de la película cuando choca con su ya desquiciado compañero.  Soy gran admirador de Jennifer Connelly desde Dentro del Laberinto, como actriz y como mujer, y ese lunar que tiene, cielito lindo, junto a la boca me hace dar gracias por estar vivo cada vez que lo contemplo. No sé si me explico.
Así que esta superproducción quiere ser muchas cosas a la vez, y algunas de ellas sobran. Por otra parte falta seguramente determinación en su rumbo… ¡vaya, lo he vuelto a hacer!
Id al baño antes de entrar al cine, que con tanta agua…  

viernes, 28 de marzo de 2014

Y sin embargo, te quiero (carta abierta a Harrison Ford)



Querido Harrison,

No soy más que un modesto cupletero que te admiraba (o te admira, no lo sé) con locura. No te decepciona quien quiere, sino quien puede, y tú seguro que no querías, pero pudiste… y mucho.

Es sabido que empezaste a actuar en la universidad porque te gustaban las chicas del grupo de teatro. ¿Se puede ser más cupletero? Me encanta este dato de tu biografía. En algún momento de esta primera juventud un accidente de coche y un volante de certera puntería te dejaron esa cicatriz en la barbilla que años más tarde sería un arma de destrucción masiva para espectadoras de todo el planeta.  Más tarde, para “llenar” el tiempo entre papel y papel, aprendiste carpintería, lo que te aportó manos de artesano y cierta paz de espíritu. Así que en este periodo, tus inicios, tenemos a un apuesto muchachote de Chicago, mediocre actor con manos de obrero y una cicatriz sexy que va sobreviviendo de papel secundario en papel terciario durante unos 12 años.

Y entonces ocurrió. No fue un golpe de suerte, fue EL golpe de suerte. Quién iba a pensar que por hacer ese pequeño papel en American Graffiti, el director de ésta, un tal George Lucas, te iba a proponer para el carajal de película en el que andaba metido: un western intergaláctico con resonancias bíblicas y de extremo oriente llamado Star Wars. Así te convertiste en Han Solo (rebautizado recientemente por mi hija de 4 años como “Jacobo”). Eso significa interpretar el papel más molón del producto cinematográfico con más repercusión mediática y comercial de la historia, y que además es la creadora de una mitología atea a la que reverenciamos toda una generación. Y para ti es un sueldo Nescafé para toda la vida, ya que estuviste bien listo al negociar parte de tu sueldo sobre los beneficios de la saga, así que cada vez que compramos un muñequito de Boba Fett algo te cae en la hucha.

¿Puede haber algo en este mundo mejor que interpretar a Han Solo? Sólo una cosa: encarnar a Indiana Jones… ¡ y también te tocó! Enorme suerte para ti, pero también uno de los grandes aciertos de casting de la historia. Eres sencillamente insustituible como Indi. ¿Quién hubiera podido sudar de esa forma, correr de esa forma, encajarse el sombrero de esa forma? Nadie. Categóricamente.

Y como no hay dos sin tres, cuando ya eras el héroe por antonomasia, el que todos queríamos ser, resulta que te conviertes en uno de los mejores antihéroes del cine: el Rick Deckard de esa maravilla llamada Blade Runner. Así de paso te ganaste un hueco también en el cine de culto cinéfilo.

Han Solo, Indiana Jones y Rick Deckard… ¡la Santísima Trinidad! Así que yo quería ser como tú, ¿quién no?

En este momento te llega la etapa de llanear en la cumbre. Entre las dos excelentes primeras secuelas de Indi eliges papeles con muy buen olfato en exitosas películas, que además son de alta calidad y muy dispares: Único Testigo (¡cómo me gusta!), La Costa de los Mosquitos, Frenético y Armas de Mujer.  

Después de Indiana Jones y La Última Cruzada se cierra esa etapa dorada y la cosa decae. Aunque mucho menos interesantes, los títulos de esta etapa tienen un nivel aceptable: Presunto Inocente, A Propósito de Henry, El Fugitivo, Juego de Patriotas y Peligro Inminente.

Nos estrellamos en Air Force One, que funcionó como un tiro en taquilla pero es una tontuna previsible y aburrida. ¿En serio pensaste que era buena idea convertirte en un presidente pistolero? A partir de ahí no sé qué te pasa pero no sales del estercolero, que si Hollywood: Departamento de Homicicios, que si Caprichos del Destino, que si K-19 The Widowmaker… ¡es que son malos hasta los títulos, macho!

No sospechaba yo por aquel entonces que aún quedaba lo peor: Indi 4, o Indiana Jones y no sé qué mierda de la calavera de cristal… es que paso hasta de aprenderme el título.  No sólo es una mierda de siete picos diseñada exclusivamente para vender vídeojuegos, es que es una burla, una tomadura de pelo a toda una generación que crecimos adorando a Indiana. Una única buena secuencia de acción (la de la nevera) y nada más, el resto es para escombro. ¿Cómo pudiste hacerme eso? Yo te quería. ¿Necesitabas dinero? Pídemelo a mi, pero no te cargues mi héroe, mi ejemplo.

Desde entonces no haces más que mediocridades absurdas. Y lo que queda, porque nos han confirmado que harás de Han Solo geriátrico en la última trilogía de Star Wars, después de ver  cómo Lucas se ha cargado la saga con esos capítulos I, II y III que no hay por dónde cogerlos… ¿que la Fuerza de un Jedi se mide en un análisis de sangre? Vete a la mierda, George.

Algún rumor se oye sobre un Indi 5 protagonizado de nuevo por ti… no lo hagas, por favor, te lo suplico de rodillas, no lo podría soportar. Ten piedad de tus fans y no intentes volver al lugar donde has sido feliz.

Siempre tuyo,

El Cupletero.

PS: Una última cosa, Calista Flockhart. ¿En serio? Ninguna mujer del globo te rechazaría, pero te quedas con ese mondadientes lánguido con labios de silicona. No entiendo nada.

lunes, 17 de marzo de 2014

El Gran Hotel Budapest




La semana pasada me colé en el pase de prensa de El Gran Hotel Budapest. Digo me colé porque, a pesar de estar invitado, no estaba técnicamente acreditado. Una serie de malentendidos  en la cadena de mando de La Chatarrería Magazine hicieron que mi nombre no estuviera en la lista adecuada en el momento adecuado. Afortunadamente, la muchacha que revisaba dicha lista no era inmune al hoyuelo que le sale al Cupletero en la mejilla izquierda cuando sonríe, y tras un breve y cortés forcejeo acabó apuntando mi nombre a boli y regalándome un “anda, pasa”. Afortunadamente, porque lo que allí vi bien merecía aquel regateo.  

Entre los buenos cineastas seguramente se pueden distinguir los “ejecutores” y los “creadores”. A la primera categoría pertenecen aquellos que resuelven con eficacia, oficio y arte cualquier encargo, independientemente de su grado de implicación en la producción. El mayor y mejor ejemplo de éstos, para mi, es Stephen Frears. ¿Qué tienen en común Mi Hermosa Lavandería, Las Amistades Peligrosas, Café Irlandés, Alta Fidelidad y The Queen? Pues seguramente que todas están fantásticamente bien dirigidas y poco más. 

A la segunda categoría, los que yo he llamado “creadores”, pertenecen todos aquellos que, sin importar la historia que cuenten, ésta se impregna del universo personal del director/escritor de tal modo que son perfectamente identificables como hijos de sus padres. Woody Allen, Tim Burton, Fellini, Berlanga, Godard, Almodóvar… algunos crean escuela y otros son genios solitarios, pero está claro que son creadores de mundos particulares con señas de identidad que se repiten y reconocen sin esfuerzo. Sin duda pertenece también a este grupo Wes Anderson.

El Gran Hotel Budapest  tiene todos los elementos andersonianos. Una dirección de arte, un vestuario y una puesta en escena en general minuciosa y preciosista, que es un festín para estetas. Un sentido del humor inteligente, irónico y sutil. Unos personajes que rozan lo caricaturesco defendidos por una auténtica colección de caras conocidas. Una atmósfera abstracta, ultra limpia, casi onírica que lo envuelve todo… en fin, todo lo que tiene “una peli de Wes Anderson” y que hará las delicias de sus defensores más incondicionales.  

Sin embargo, Anderson  es mejor en esta ocasión, ya que en El Gran Hotel Budapest se apoya en un argumento más sólido de lo habitual, alejándose de esas tramas desestructuradas que hacen algo difícil de seguir otras de sus películas. En este caso existe una firme trama de aventuras sobre la que se apoya todo lo demás, y se agradece. Por ello creo que esta es una buena ocasión para que se acerquen a Anderson  todos aquellos interesados por su universo pero que en otras ocasiones, se sintieron un poco aturdidos o despistados. Y vaya por delante que yo me apunto entre éstos.

Anderson, desde luego, ama el cine que hace. Lo mima, lo cuida y sobre todo se divierte escribiéndolo y dirigiéndolo; eso el espectador lo percibe y se disfruta. Es un director juguetón, que se permite hasta el lujo de recrearse en una indeterminación geográfica e histórica que tiñe todo de un tono de cuento de hadas que resulta delicioso.

Añádase a todo lo dicho una música preciosa, unos golpes desternillantes y unas interpretaciones excelentes con un Ralh Fiennes estratosférico y ya sabéis el resultado: Cupletero plenamente satisfecho.

martes, 4 de marzo de 2014

Los Santos Inocentes



Cuando digo que Los Santos Inocentes es una de mis películas favoritas, suele haber alguien que me pregunta, queriendo acotar el alcance de mi valoración, “¿de las españolas?”. Entonces el Cupletero piensa: “¡que no coooooño!, ¿he dicho yo eso?, de las españolas, de las americanas, de las francesas, de las italianas… ¡de la historia universal del cine!” Pero el Cupletero dice un escueto “no, del cine en general”. Es que no me gusta incomodar. Lo pienso de verdad, esta película se trata de tu a tu, en cuanto a calidad cinematográfica, con cualquier Bertolucci, Ford, Truffaut o Coppola.

Vi por primera vez esta peli a los 13 años y sacudió mi percepción de la naturaleza humana de tal forma que pasó a formar parte de mí para siempre. No fui el único chico impresionado, porque al día siguiente se formó cierto debate en clase de lengua sobre la película y los temas que trata de forma directa o indirecta. A veces nos dedicábamos a cosas así en el colegio: debatir, intercambiar puntos de vista, reflexionar en voz alta… ¡qué barbaridad! Menos mal que otras veces nos dedicábamos a cosas verdaderamente importantes, como aprendernos de memoria la tabla periódica de los elementos. Aun así yo incluiría su obligado visionado en el plan de estudios de 1º o 2º de la ESO. Apunta la idea, Wert.

Los Santos Inocentes es, para empezar, una gran novela. El mundo es injusto, todos lo sabemos; desde el instante de nuestro nacimiento somos resultado de una cruel lotería genética y social, y a partir de ahí se construye todo un orden mundial incorrecto. Pero Delibes se deja de zarandajas, saca la lupa y se sitúa en un punto concreto del globo (una finca de Extremadura), en una época determinada (el tardo-franquismo) y relata con unos pocos personajes una historia extrema. De extrema dureza, de extrema desigualdad, de extrema proximidad y de extrema violencia, donde hombres tratan a otros hombres como a animales o, peor aún, como a propiedades inánimes. Lo hace Delibes apoyándose exclusivamente en el relato de los acontecimientos, y éstos a su vez y sobre todo a través de los diálogos. Con esto quiero decir que Delibes va al grano, sin hacer apuntes sociales, juicios morales ni profusas descripciones contextuales: relato, relato y relato. El contexto se extrae del propio léxico, muy concreto del mundo del campo y la caza, y sobre todo de la transcripción directa de la forma de hablar de los personajes, que dan toda la información necesaria sobre su extracto social.

El texto de la novela es tan directo, tan dialogado, que parece un guion de cine. No es de extrañar que se realizase su adaptación a la gran pantalla, y fue Mario Camus en 1984 quien se encargó de ello. El resultado respeta escrupulosamente el espíritu de la novela y traslada casi palabra por palabra los diálogos a boca de los actores, pero es aún mejor que aquella. Todo lo bueno de la novela está en la película, pero ésta añade más elementos.

Añade más información del contexto social, y da un giro estructural muy interesante al pasar a contar la historia en flashbacks a partir de la vida posterior de los chicos, Quirce y Nieves. Esa “vida posterior” da cierta esperanza al espectador, ya que se intuye un cierto salto social en su generación, aunque sea a costa de romper con sus raíces.  

Añade crudeza al relato, lanzando mensajes más categóricos. La diferencia de los vestuarios entre clases, por ejemplo, que deja asomar una incipiente modernidad en unos, mientras otros visten harapos medievales. Pero sobre todo a mi me impresiona mucho que a “La Charito” de la novela en la película se la llama sólo y siempre “La Niña Chica”, poniendo de relieve la consideración casi “infrahumana” que se le da. Difícil de digerir, como mínimo.

Añade esa música maravillosa de Antón García Abril, primitiva, casi tribal que subraya los momentos de máxima intensidad al final de cada “capítulo”. Te pone los pelos de punta.

Y añade sobre todo el valor que aporta un trabajo actoral inconmensurable. Ese Agustín González como Guarda Mayor, cornudo y tenso como un arco, humillado y tal vez por ello violento. Esa enorme Terele Pávez, la Régula, que es el sostén moral de la familia, resistente, leal, dura… todo lo cuenta con 4 palabras y 3 gestos, ni uno más. Paco Rabal, ese hombre, ese niño grande “una miaja inocente” que no pisa la tierra, sino que pertenece a ella. Imposible imaginar a nadie más en la piel de Azarías. Verle gritar, decir o susurrar ese repetitivo “milana, bonita” es estremecedor.

Juan Diego como el señorito Iván es el mejor villano de la historia del cine. Así de categórico soy. El actor borda este personaje, triunfador, biencomido y hasta simpaticote pero que es la quintaesencia del mal. Es un cóctel perfecto de educación machista, arrogancia de clase vencedora y superioridad social por una parte, pero completado con una arbitrariedad caprichosa, una ambición insaciable y una patológica falta de empatía con el dolor del prójimo. Absolutamente aterrador, Juan Diego en Los santos Inocentes ES el mal.

Y sobre todo ese Paco El Bajo de Alfredo Landa. El eterno “españolito medio”, un gran actor hasta en películas infumables, que cuando por fin tiene entre manos un personaje a su altura realiza una obra maestra. Se mueve conmovedoramente entre la dignidad y la humillación, entre el servilismo y la sana lealtad, entre la ilusión y la decepción… con una riqueza de matices que permite revisar una y otra vez su interpretación y descubrir mensajes nuevos cada vez.  Landa es el “hombre normal” por antonomasia, con toda la grandeza y toda la mierda que ello conlleva.

En una película donde se ahorca a un hombre en pantalla, la escena de violencia más brutal es otra: cuando el guarda mayor decide que la chica, Nieves, ya es “pollina” suficiente como para entrar a servir en la casa grande, a pesar de que Paco El Bajo insiste tímidamente en que ellos, sus padres, quieren que vaya a la escuela,  siendo esto ni siquiera denegado, sino simplemente ignorado (no merece la pena ni ser escuchado). La mirada que se intercambian entonces Paco y Régula, de absoluta desesperanza amordazada con miedo, asumiendo que se les está robando el futuro en ese instante una vez más, una generación más. Absolutamente terrorífico.