lunes, 4 de mayo de 2015

Blade Runner


 
 


Últimamente, la vida me ha estado distrayendo del cine, así que el cuple-cuaderno lleva en blanco dos meses. Para romper el hielo, vamos con una buena, buena: Blade Runner.

En 1982 se estrenó esta legendaria película que, sin embargo, no fue muy bien entendida en principio. Su taquilla inicial fue modesta y su reconocimiento, más: sólo 2 nominaciones a los Oscars con 0 premios. Según el público fue entendiendo que se trataba más de un thriller filosófico que de una peli de tiros futurista, fue gustando más, hasta convertirse en un film de culto, que es como yo ya la conocí.

En mi casa nos acompaña desde que recuerdo, porque siempre ha habido 2 o 3 cintas de VHS (que si una grabada de la tele, que si otra por tu cumpleaños…) y algún y que otro DVD (que si director´s cut, que si con esta regalaban la banda sonora…). El Cupletero tampoco ha dejado pasar las oportunidades que sucesivas reposiciones han concedido para verla en pantalla grande, y es así como de verdad el fundido en negro final con la música de Vangelis te deja pegado a la butaca.

Todo nace de la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, que es una correcta novela de ciencia ficción, pero no tiene la profundidad y la transcendencia de la película. Es más una novela de polis y robots futurista (año 2019, no queda nada, señores), sin esa búsqueda de la esencia de “lo humano” y de ese conflicto creador-criatura (¿o tal vez dios-hombre?) que persigue la película.

Ese mensaje cala hondo y cala bien porque no es una “homilía”. Si alguien se sienta frente a uno durante dos horas a convencerle de que la vida es efímera, y que la inteligencia humana conlleva ser consciente de ello y bla, bla, bla… desenchufaríamos en un minuto, pero si la reflexión viene escondida en una historia post-apocalíptica con estética cyberpunk y unos cuantos buenos puñetazos y disparos, pues entonces sí funciona. Por ello también ésta es una película que permite muchos visionados, y acompañarte a lo largo de los años.

Si se midiese lo mítica de una peli por el número de versiones y montajes editados de la misma, Blade Runner sería, con 8 versiones, de las campeonas. Pero yo me voy a referir sólo a las dos principales: la primera versión comercial y el Director´s Cut de 1992. Y lo que recomendaría sería ver primero la comercial, porque la voz en off de Rick Deckard (Harrison Ford) da mucha información  contextual, para luego ir al Director´s y deleitarse con el clima sofocante y silencioso de esta versión, además de disfrutar también de un finalazo estupendo (no un pegote infumable como es el de aquella primera versión). De todos modos, del Director’s Cut yo eliminaría la secuencia del unicornio, ya que lo interesante de Deckard no es que sea un Replicante, sino que podría serlo. Esa ambigüedad es lo verdaderamente potente. También nos podrían ahorrar algunos de los planos de la “finalización” de la mujer-serpiente… sólo aquellos en los que se ve al stuntman con su barba cerrada y sus pelos en el pecho.

En Blade Runner confluye un montón de talento y buen criterio. Un Ridley Scott que veía catapultado después de dirigir Alien, el Octavo Pasajero. Un Harrison Ford que era entonces, después de ser Han Solo e Indiana Jones, el tío más follacas del mundo. Un Rutger Hauer en estado de gracia absoluto, transmisor de la máxima brutalidad y de la más fina sensibilidad… maravilloso ese encuentro con su creador  y, por supuesto, impagable en su discurso final, al que añadió de forma improvisada la magnífica línea: “all those moments will be lost in time, like tears in rain… time to die”.

Asistimos también al nacimiento de una estrella llamada Daryl Hannah, que hace un papel corto pero memorable: la Nexus 6 acróbata con ademanes de estrella del rock descarriada. Me la compro.

Mi debilidad absoluta de esta peli, sin embargo, es la Rachael de Sean Young, una tronca que veía de hacer Pelotón Chiflado (¡aguanta la pedrada!) y que, con ayuda de unas estupendas fotografía, vestuario, maquillaje y peluquería, logra robar el foco de atención en todos y cada uno de los planos en los que aparece. Una muñequita vulnerable y sexy inolvidable.

Mi devoción no se queda en Rachael, sino que alcanza de lleno a Sean Young la actriz y la persona. O el personaje, porque su vida es de película. Esta monada rubia teñida siempre de moreno (“ser rubia te hace cruel, loca y egoísta”) fue primero bailarina, luego modelo y después actriz. Tres de las profesiones que menos indiferencia causan en el Cupletero. Estuvo muy cerca de ser la Marion de En Busca del Arca Perdida, pero finalmente no fue hasta Blade Runner que coincidió con Harrison Ford, con quien se entendió fatal. En aquel rodaje se hace una serie de selfies con su Polaroid que son una delicia para mitómanos (gracias, Juan, por descubrírmelas; curiosos vayan a Google y tecleen “Blade Runner polaroids”). 

Así que Blade Runner la pone en el mapa, y de ahí a intervenir en algunas producciones de gran éxito como Dune o Sin Salida. En 1988 coincide en el rodaje de The Boost con el actor James Woods, casado por entonces. Parece ser que tuvieron un breve romance. No se sabe si ella no aceptó el fin del idilio, o si él juega con ella al despiste, o lo que sea, pero el caso es que Woods y su esposa acaban interponiendo una denuncia contra Young por acoso… estamos hablando de dejar una muñeca desfigurada en la puerta de la vivienda del matrimonio, o de colarse en su casa a pisotear el lecho conyugal. La cosa no llegó a los tribunales porque hubo acuerdo económico, pero el caso es que la fama de loca del coño la acompañaría ya toda la vida.

Ahí no acaba la cosa, porque un golpe de mala suerte en forma de accidente de equitación impide que interprete a Vichy Vale en el Batman de Tim Burton, papel que ya tenía otorgado. ¡Cómo me gusta a mi un buen perdedor!

De ahí ya, caída en picado: se presenta vestida de Catwoman en el rodaje de Batman Returns para demostrar que se habían equivocado dando el papel a Michelle Pfeiffer, increpa al director Julian Schnabel mientras éste da su discurso de agradecimiento en una entrega de premios, clínicas de rehabilitación, reality shows cutres en la tele… incluso llega a ser arrestada por colarse en una fiesta tras la gala de los Oscars de 2012. Existe el vídeo de la actriz saliendo de una comisaría de Hollywood, divina de la muerte, explicando que todo ha sido un error. ¿Pero me puede fascinar más una persona?  

Por lo visto se está preparando Blade Runner 2 para 2017, en la que podría aparecer de nuevo Harrison Ford… no se me ocurre una idea mejor para destruir el mito, la verdad.

Lo que deberían hacer es invertir ese dinero en producir a Quentin Tarantino un peliculón protagonizado por Sean Young, de forma que la diva fuera rescatada y puesta de nuevo en el firmamento. A lo David Carradine en Kill Bill. Eso me encantaría, lo digo de cupletero corazón.

viernes, 27 de febrero de 2015

Birdman


Por fin tenemos canguro en México y, al igual que la cabra tira para el monte, el Cupletero tira para el cine. Así que llevamos unas semanas en que podemos  escapar un día al cine mientras los niños cenan unas quesadillas con Consuelo (una dulce criatura de metro y medio que tarda “sólo” dos horas en atravesar esta gigantesca ciudad para hacernos la vida mejor y ganarse unos pesos).

Hemos visto algunas de las películas nominadas a los Oscars, y entre ellas Birdman. El verbo apropiado para el consumo de esta peli, que además tiene el maravilloso título complementario de  La Inesperada Virtud de la Ignorancia, no sería “ver” sino más bien “gozar”.

Lo primero que sorprende de Birdman es su estructura formal: un único plano secuencia acompañado por la insistente percusión de la batería de Antonio Sánchez. En rigor consiste en una serie de largos planos secuencia cosidos entre sí con sutiles costuras con vocación de desaparecer (un oscuro umbral que se atraviesa, un plano fijo del cielo…). ¿Un recurso artificioso? Yo creo que es un alarde perfectamente justificado como recurso narrativo en paralelo al asfixiante bucle mental que vive el protagonista. Pero aún más sorprendente que esa continuidad híper-realista del relato es que esto no suponga renunciar a la fantasía: levitaciones, telequinesis, explosiones, superhéroes voladores… El resultado es una atmósfera fascinante que recuerda al realismo mágico literario, lo que dota a esta historia tan  neoyorkina de un aire muy latinoamericano. 

El dibujo psicológico de los personajes es también todo un festival. Como sabe todo el que me conoce, siento fascinación por el oficio de actuar y por aquellos que lo ejercen. Birdman bucea en las entrañas de varios actores de diversos tipos, lo que constituye un auténtico banquete para la curiosidad del Cupletero: su vanidad pero también su compromiso, sus inseguridades y su valentía, su lucha interior, cómo se sitúan frente al juicio del público y de la crítica…

Sin embargo, si alguien piensa que Birdman es “solo” una peli de actores o de artistas se equivoca, porque es ante todo una peli sobre nuestra identidad personal y su vinculación con nuestra actividad. Alejandro González Iñárritu trabaja constantemente ese tema en la película: ¿somos quien queremos ser o quien nos toca ser?, ¿somos lo que somos por encima de lo que hagamos?, ¿o por el contrario es lo que hacemos lo que nos convierte en lo que somos?, ¿es posible escapar a la etiqueta que los demás ponen sobre nosotros?... No en vano, y aunque sea de forma tangencial, Birdman es la historia de un superhéroe, y ya se sabe que la doble identidad de un superhéroe y el conflicto entre ellas es siempre lo más atractivo del personaje. 

Personalmente, vivo en esa maraña identitaria sin encontrar una respuesta tajante (seguramente no la haya). El último plano de esta película ha sido entendido por mucha gente como un final abierto, y por lo tanto se “acusa” a Iñárritu de escaquearse de dar una respuesta firme. Yo no lo entendí así, para mi esos enormes ojos de Emma Stone, serenos al fin, significan que Riggan (Michael Keaton) es Birdman, pero sólo cuando y porque él así lo ha querido.

Desde Amores Perros sabemos todos que Iñárritu domina perfectamente el arte de relatar con intensidad y emoción. Tanto es así que es capaz, si quiere, de retorcerte el alma y dejarla tirada por el suelo, que es lo que hizo conmigo en Babel. Pero en esta ocasión, además, Iñárritu abraza el humor y la ironía, lo que es muy refrescante para el espectador.

El numeroso elenco que levanta este proyecto está en estado de gracia permanente. Aunque muy correcto, tal vez el trabajo más discreto sea el de Naomi Watts. El siempre eficaz Edward Norton está que se sale en su papel de actor de moda, superdotado y supersobrado.

Si hay un ejemplo vivo de eso que se llama “carrera irregular” en un actor, ese es Michael Keaton. ¡Qué bien le sale la jugada a Iñárritu, eligiendo al Keaton-exBatman para encarnar al Riggan-exBirdman! La sintonía entre las biografías de ambos es evidente y eso genera una complicidad con el público tremenda. Pero es que, al igual que Riggan acaba interpretando el mejor papel de su vida sobre las tablas, Keaton igualmente borda su papel en Birdman y da toda una lección. Impresionante. 

Sin embargo mi favorita, o al menos mi gran descubrimiento en Birdman, es Emma Stone. Su trabajo es todo un golpe de autoridad (¡ese discurso de reproche a su padre es algo de otra galaxia!) y viene a decir que no es una guapita de cara más y que está aquí para quedarse. ¡Bienvenida!

México entero ha hecho suyo el triunfo de Iñárritu en los Oscars. “Gana México”, decía la primera plana de un periódico “de los serios”, con una foto del director, más contento que el Cupletero en el Bar Coyote. El ataque que hizo Iñárritu en su discurso al gobierno mexicano se indica en la prensa, pero sin hacer mucho hincapié. La prensa aquí es en general muy patriotera, y se ensalza la victoria como colectiva, sin parar a analizar el por qué los directores mexicanos ganan Oscars (¡Cuarón el año pasado!) pero para ello necesitan vivir y trabajar fuera de México. Sin embargo Twitter sí, echaba humo en apoyo al ataque del cineasta a la clase política de este país, que sin duda merece todo lo peor. ¡Bravo!

Enhorabuena, Alejandro, has hecho un peliculón.

viernes, 30 de enero de 2015

Magical Girl


En mi visita navideña a Madrid no dio tiempo a todo, y una de las cosas que dejé en el tintero fue ver Magical Girl, la peli de la que tanto se hablaba. Sin embargo, la intervención de mis amigos ha supuesto un giro argumental que me ha permitido verla desde D.F.

Excelente película, ha recibido 7 nominaciones a los Goya; ninguna delas categorías puramente técnicas, pero todas las “grandes” de las artísticas: mejor película, mejor dirección, mejores interpretaciones protagonistas, mejor secundario y actor revelación.

La trama es suficientemente enrevesada y las situaciones tan extremas que resultaría totalmente increíble si no fuera porque el guion  funciona como un reloj suizo. Es alucinante cómo encaja todo sin necesidad de explicar nada; los recursos narrativos que utiliza son de una eficacia tal que la dirección puede permitirse instalarse en un minimalismo expresivo que es tremendamente inquietante. Como una explosión silenciosa que estalla en la cara del espectador.

En el plano interpretativo la peli es de matrícula de honor. Están de sobresaliente todos los actores; hasta la niña (Alicia, interpretada por Lucía Pollán), y mira que es difícil que los niños estén bien en el cine… Magical Girl es un historia extrema con personajes límite, pero interpretados desde la contención y la cotidianidad, lo que resulta de lo más veraz y de lo más asfixiante.
Muy bien está Luis Bermejo como padre comprensiblemente desorientado, que despierta compasión y asco por igual.
José Sacristán hace un trabajo portentoso. Es un grandísimo actor que pasó muchos años sin hacer cine, refugiado en el teatro, pero que recientemente ha sido “recuperado”, y que en Magical Girl demuestra toda su autoridad. Es un animal que devora la pantalla.  

Bárbara Lennie es una de mis debilidades cupleteras. Cuando la veo en pantalla suelo sentir la necesidad de ponerme de pie y aullar a la luna… bueno, y una vez que la vi en persona a punto estuve también. Bellísima pero con un punto peligroso y turbio que la hacen tan atractiva como incómoda; da la impresión de ser alguien que jamás ha perdido un duelo de miradas a los ojos. Ese punto inquietante de la Lennie la hace perfecta para su papel en Magical Girl. ¡Qué acierto de casting y qué magnífica interpretación!

Ahora bien, ni todo lo bueno nos gusta, ni todo lo malo nos repugna, bien lo saben las cadenas de comida basura. En este caso tengo sentimientos enfrentados: por un lado reconozco la enorme calidad de la película, pero por otro me parece un sofisticado instrumento de tortura emocional para el espectador. No pude dejar de mirar pero me sentía francamente maltratado. Dudo que merezca la pena pasar por eso, la verdad. En muchas películas lo paso mal, pero si son buenas o si me aportan algo (una reflexión, un descubrimiento, un aprendizaje…) me compensa cierto grado de sufrimiento. Pero tengo la impresión de que Magical Girl me ha infringido un dolor intenso y esteril, y no termino de entender si eso tiene sentido.

Así que Magical Girl es una excelente película que no volvería a ver por nada del mundo… y sin embargo Jacuzzi al Pasado es una mierda de peli que me vería ahora mismo otra vez. Extraño, pero nadie dijo que la vida de Cupletero fuera fácil.

sábado, 24 de enero de 2015

La Isla Mínima.



El Cupletero ha disfrutado tanto en sus vacaciones navideñas en Madrid, que se siente culpable. Así os lo digo. Una de las cosas buenas que me ha pasado ha sido comprobar que La Isla Mínima resistía en cartelera dos meses después de su estreno… ¡milagro!

Y es que La Isla Mínima es uno de los títulos que ha contribuido a hacer de 2014 el mejor año en taquilla de la historia del cine español: 123 millones de euros recuadados con un 25,5 % de cuota de pantalla. Esto tendría un mérito enorme en cualquiera de las circunstancias, pero es que además se ha logrado en el peor escenario posible: poco dinero para ocio en general, mucho fútbol, un verano que fagocitó al otoño, un I.V.A. sobre el precio de la entrada de igual tipo al que grava la compra de un Jaguar, un modelo de subvenciones que se extingue y un nuevo modelo que no acaba de llegar (el de las exenciones fiscales al mecenazgo cultural). Así que Susana de la Sierra se vio forzada a dimitir como directora general del Instituto de Cinematografía (ICAA) el pasado mes de julio, a pesar de estar gestionando un sector que estaba dando números de récord. Paradójico… ¿verdad?

La Isla Mínima no es una película perfecta, pero es una gran película. Alberto Rodríguez ya dirigió en 2009 la muy interesante y desasosegante After, y en 2012 la bienintencionada y no tan bien resuelta Grupo 7. La Isla Mínima retoma la voluntad de cine de género, de thriller hispano que tenía Grupo 7 pero esta vez sí bien hecha.

Desde luego, a los académicos del cine les ha gustado mucho porque la han condecorado con 17 nominaciones a los Premios Goya. Para mi son demasiadas porque incluyen Mejor Actriz Revelación para Nerea Barros y Mejor Interpretación Masculina de Reparto para Antonio de la Torre. No estoy de acuerdo, pero por diferentes razones.

Nerea Barros me parece una buena actriz, o al menos con gran potencial, que no entendió bien el personaje: demasiada intensidad y autoconsciencia para una mujer una mujer del entorno rural en la Andalucía de 1980.

Lo de Antonio de la Torre es otra cosa. El Cupletero es pura subjetividad, no pretendo otra cosa, pero aviso que en este caso será dolorosamente subjetivo. No me gusta. En algún papel, en algún rato me ha convencido, pero no consigo conectar con él de manera general. Veo casi siempre a un tipo, no a un actor, haciendo gala de una supuesta naturalidad y que parece estar gritando: “¡que soy un hombre muy de carne y hueso, eh!” o “mirad que interpretación tan orgánica, tan visceral, tan poco académica”. Si pensáis que merezco un castigo por decir esto, no temáis que ya estoy cumpliendo mi condena, porque el tipo parece encantar a todos los directores españoles, que no paran de darle trabajo. Imaginaos el empacho que tengo… ¿en cuántas películas españolas de los últimos 5 años no sale Antonio de la Torre?

Otro elemento de debilidad de la peli es tal vez una excesiva ambición. Es claramente un thriller pero también quiere ser un film político, histórico y social… todo ello muy válido, pero a veces la trama queda confusa porque toca muchos palos y no todos quedan totalmente resueltos.

Pero en La Isla Mínima gana lo bueno y por goleada. Para empezar tiene un título precioso, misterioso y poético. La factura técnica es de una calidad que muy pocas veces se ha visto en el cine español: la dirección de arte, vestuario, fotografía (¡qué maravillosos planos cenitales!), … todo perfectamente puesto al servicio de la atmósfera asfixiante y hostil que Rodríguez quiere crear.

Las secuencias de acción, habitual asignatura pendiente del cine patrio, son relativamente modestas pero están perfectamente rodadas. Para mi, la secuencia de persecución en coche nocturna está a la altura de las mejores del género.

En las pelis americanas de polis suele funcionar muy bien situar la trama con el telón de fondo de las tensiones raciales, eterno trauma de la sociedad estadounidense. Es muy acertado en La Isla Mínima hacer algo parecido con nuestra Transición: dos polis en el mismo caso que son también dos españas condenas a entenderse o desaparecer. Una sociedad que cambia pero también toda la controversia de la continuidad y fáctica, como lo atestiguan en la película un juez y un cacique que lo siguen siendo.

Las interpretaciones de Javier Gutiérrez y de Raúl Arévalo, ambos muy merecidamente nominados al Goya a la Mejor Interpretación Masculina Protagonista, elevan la peli a un nivel de excelencia. Gutiérrez da toda una lección, dando carne y hueso a un personaje en un equilibrio imposible entre la mediocridad y la arrogancia, entre la ternura y la brutalidad.

El contrapunto perfecto a esa ambigüedad un poco apolillada de Guitérrez lo pone Raúl Arévalo. Seguramente el mejor actor español de su generación, un superdotado para la interpretación con una versatilidad que lo hace único. La mirada de Arévalo puede ir de lo más luminoso a lo más sombrío con aparente (y falsa) facilidad según lo requiera el personaje. En La Isla Mínima borda el papel de un joven idealista que quiere cambiar el mundo, valiente pero inseguro, que en el fondo siente terror. Terror de sí mismo, temor a traicionarse a sí mismo y a sus ideales, terror a sus propias debilidades. Tal vez así era la España de 1980… seguramente.

Enhorabuena a todos los que parieron este True Detective ibérico, y enhorabuena al cine español en general, que ha hecho un 2014 de sobresaliente.

Y a pesar de esto sospecho que el Cupletero volverá a NO estar invitado a la gala de los Goya… invitadme ya, sed agradecidos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Cuestión de Tiempo



Cuando llegué a México, observé junto al apartahotel que fue nuestra primera morada (Suites Masaryk, valga esto de recomendación) un enorme cartel que anunciaba el programa de televisión México’s Next Top Model, presentado por Jaydy Michel. El Cupletero pensó entonces que su tiempo de ocio estaba ya solucionado, pero resultó que no. El programa es una ñorda que consiste en poner pruebas absurdas a un puñado de crías de 17 años, escuálidas y tontorronas,  para que los jueces luzcan como si fueran gente súper-ingeniosa. Además no estoy tan mayor como para que me gusten tan jóvenes (todo llegará).

Después de esta desilusión apagué la tele y volví al cine, de donde nunca debí haber salido. La primera medida fue sacarme el carnet del Blockbuster  de la calle Horacio, y la segunda echarme una amiga israelí (Eliane) que posee todo un Blockbuster pirata con miles de títulos del top-manta… aunque aquí debería llamarse top-puestecillo, porque en México la piratería no está permitida pero tampoco perseguida, así que en los mercadillos oficiales conviven puestos de guacamole con los últimos éxitos de las pantallas en bolsitas de plástico. La policía se pasea por allí preocupada por todo menos por el futuro de la industria audiovisual.

El Cupletero no piratea. Ni top-manta, ni descargas, ni nada. Eso sí, si un amigo me ofrece una peli pirata, el yonki cinéfago que hay en mi sucumbe y se refugia en el “yo-no-me-lucro” y en el “el-mal-ya-está-hecho”. O sea que me la llevo y me la veo. Luego la devuelvo rápido, pensando que así el mal no llega a impregnar mi persona. Un tipo de firmes convicciones, ese soy yo.

Cuestión de Tiempo (About Time), peli de 2013 que yo desconocía por completo, ha caído en mis manos de esa manera, y me ha encantado.  Está escrita y dirigida por Richard Curtis, guionista de Cuatro Bodas y un Funeral,  Notting Hill y Love Actually. Esto es lo mismo que decir que está parida por un auténtico superdotado para la comedia romántica, que es un género difícil en el que caer en la cursilería, los lugares comunes y hasta el ridículo es lo más normal. 

Es una historia de amor que incluye un elemento tan ingenuo como viajes en el tiempo, y como ocurrió en Atrapado en el Tiempo, sobre esa idea tan simplona se tejen conceptos de enorme profundidad vital, pero con una sencillez y un aire de cuento de hadas que le resta toda pretenciosidad.

Las películas del género “vive la vida como si cada día fuera tu último día de vida” me producen una ansiedad horrorosa. Me parecen tramposas y la sublimación del mayor perogrullo  que existe (¡ya sabemos que ese tic-tac puede ser el último de nuestro corazón!). Sin embargo, esta película cambia ese planteamiento por otro que me parece más adecuado y menos desesperante: vive la vida como si fuera exactamente aquella que has elegido vivir. No es cierto del todo, pero siempre es verdad parcialmente… y sí puede ser un punto de vista constructivo.

El resultado es una comedia sencilla pero muy divertida y muy emocionante. Me ha descubierto al actor irlandés Domhnall Gleeson, que promete ser el pelirrojo de referencia en el cine próximo. Perfecta en su papel de sanota belleza está también Rachel Mc Adams. Y sobre todo tenemos al gran Bill Nighy (que será para siempre el viejo roquero de Love Actually), que hace toda una creación: una figura paternal y tierna, sin perder ese aire canalla que acompaña habitualmente a todos sus papeles.

La peli me puso la lágrima a punto de Candy Candy , sin llegar a hacerme sentir manipulado emocionalmente, que es algo que me revienta.

Y además me sigo creyendo casto y puro porque no fui yo quien puso un puñado de pesos en la mano del pirata destructor de la creatividad y de la industria audiovisual… o a lo mejor no tanto. Ya veremos, todo es cuestión de tiempo. 

 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El Graduado


 
Al enterarme de la muerte de Mike Nichols, sentí la necesidad urgente de volver a ver El Graduado. Ese mismo día me compré el DVD y revisité esta obra maestra.

No todas las películas “míticas” pasan a formar parte de mi mitología particular. Algunas supuestas obras de arte supremas me atraviesan como ondas de radio sin dejar ni rastro. El caso de El Graduado es el opuesto: desde que la vi pertenece a mi universo de referencias cinematográficas.

Muy merecidamente es una película icónica de su tiempo (año 1967). Su retrato del desorientado Ben Braddock (Dustin Hoffman) es el de una juventud que quiere ser diferente a la generación anterior, inadaptada en una sociedad burguesa y acomodada a la que rechaza, pero a la que pertenece. Puro movimiento hippy, vaya.

La banda sonora la hace también perfectamente identificable como película de finales de los ’60. Paul Simon compuso (o más bien adaptó una canción que ya tenía medio compuesta, parece ser) la emblemática Mrs. Robinson, pero el resto de las canciones de Simon y Garfunkel utilizadas en la película habían sido ya editadas previamente. La conexión entre éstas y la película es tal, sin embargo, que no se podría entender El Graduado sin Simon y Garfunquel… ni a Simon y Garfunkel sin El Graduado, seguramente.

El famoso cartel de la película, con esa tentadora pierna de mujer en primer plano (no pertenece a Anne Bancroft en realidad, sino a la entonces modelo y posteriormente actriz Linda Gray) y ese Dustin Hoffman semivestido y hechizado en un plano posterior, es también y por derecho propio un icono de la cultura pop. Reconocible incluso por personas que no han visto la peli, estaría en cualquier antología del poster.

La influencia cultural de El Graduado es tan enorme, que no es inusual denominar como “una Mrs. Robinson” a ese tipo de mujer madura, sofisticada y atractiva que llama la atención de los jóvenes. Y no es de extrañar que ese personaje haya dado nombre a ese concepto porque, sabio y valiente, Nichols dibuja una Mrs. Robinson que se convierte en uno de los más memorables personajes de la historia del cine.  La atracción que siente una chica joven por un caballero mayor (hasta viejo) es algo socialmente admitido… pero no la de un muchacho hacia una mujer mayor, aunque sea tanto o más habitual. Nichols se atreve a romper ese tabú y triunfa. ¿Cómo no va a perder la cabeza Dustin Hoffman por esa Anne Bancroft? Mrs, Robinson es todo lo que quieres pero no debes. Es el “reverso tenebroso de la Fuerza” hecho mujer. Es un bellezón que ha ido y ha vuelto cuando tu apenas sabes caminar.  Un personaje fascinante que borda una Anne Bancroft en estado de gracia, que parece haber nacido para ese papel y que da una auténtica lección de interpretación.

Excelente trabajo también el de Hoffman. Su Ben Braddock le puso en el firmamento, de donde ya nunca bajó.

Y si se está bajo el embrujo de Anne Bancroft, sólo hay una forma de romper el hechizo: que aparezca Katharine Ross. Una belleza luminosa, saludable, positiva… una promesa de felicidad para toda la vida con ojos verdes y la barbilla ligeramente partida en dos.

La peli tiene un ritmo perfecto, con el que avanza apoyándose en unos diálogos que son algo fuera de lo común, de una agudeza y de un sentido del humor extraordinarios.

Hay más. Lo mejor, para mí, es la valentía y la sensibilidad con la que esta película trata el muy difícil concepto del vacío vital. El vacío que uno siente el momento después del final de una etapa, cuando es consciente de haber terminado algo y no tiene más que la incertidumbre frente al próximo paso. El “y ahora… ¿qué?”. Los títulos de crédito iniciales son un perfecto dibujo de ese vacío, con un cariacontecido Hoffman avanzando sin moverse, arrastrado por esa alfombra deslizante que le empuja a casa tras acabar sus estudios en el college.

“Y ahora… ¿qué?” parecen decir también los aterrados y dubitativos rostros de los dos jóvenes protagonistas tras finalizar su catarsis de persecución (de uno) y entrega (de otra). Maravilloso final, perfectamente consecuente con el tono de la película.

Ese vacío vital tiene un precioso sonido, que no es otro que el Sound of Silence de Simon y Garfunquel que acompaña a ambas secuencias, inicial y final. 

¡Hasta siempre, Mr. Nichols!

sábado, 8 de noviembre de 2014

Maléfica


 
 
Algo está cambiando en Disney y es para bien. Sigue siendo el buque insignia del entretenimiento burgués y bienpensante “para toda la familia”, y además avanza con paso firme hacia el monopolio del cine de pura evasión: hace ya años con la compra de Pixar, y recientemente haciéndose con Lucasfilm (¡George, traidor!)… como un día se meriende a Dreamworks, ya sí que no se pondrá el sol bajo su imperio. 

No conozco el funcionamiento de la empresa por dentro, pero adivino que está gobernada por un consejo de administración bastante conservador y bastante puritano. Sin embargo, da la sensación de que de vez en cuando, y desde dentro de la organización, se hacen escuchar voces disidentes que consiguen salpicar sus producciones de elementos más desenfadados y más contemporáneos. Ahí está la simpática holgazanería de Baloo, la sensualidad de Pocahontas, el  toque pop de Hércules, la enternecedora terapia de grupo de los malvados de Rompe Ralph… y, muy recientemente, la  independencia de la Elsa de Frozen, que no necesita ser salvada ni completada por ninguna viril media naranja para ser idolatrada por las niñas del mundo entero.  Maléfica me parece el mayor y mejor exponente de esa corriente menos adoctrinadora y moralmente más compleja.

Disney toma una de sus más icónicas películas, La Bella Durmiente, y la revisa con valentía y acierto. Gira el foco de atención 180 grados y se coloca sobre la malvada hechicera, que del manido cliché del villano que lo es porque el mal le produce placer y punto, pasa a ser un personaje poliédrico, con sus claros y sus sombras: una heroica villana. Es esa ambigüedad la que dota a la película de un carácter moderno y creíble.

Este cambio de foco se cobra algunas víctimas. Quedan la Bella Aurora y el Príncipe Felipe en un segundo o tercer plano, completamente eclipsados. Nunca fueron personajes interesantes  en lo más mínimo, y merecen ese destierro. Se les llega a ridiculizar, diría yo. ¡Bravo! Que no haya piedad para los ramplones.

Plásticamente, la peli respeta los elementos más memorables de La Bella Durmiente (los pómulos de Maléfica, su retorcida cornamenta, la cuna, la rueca…) pero dentro de una atmósfera más sofisticada y oscura. Para ello Disney no escatima esfuerzos y lanza toda su artillería: vestuario magnífico, dirección de arte impecable, efectos especiales espectaculares… Factura de primera calidad, vaya.

En la banda sonora tenemos también una agradable y “adulta” sorpresa: el Once Upon a Dream de Lana del Rey. Una versión del vals del Príncipe Azul cargada de morbo y misterio.

Pero, ¿y por qué el Cupletero-Mariachi se dedica a ver Blue-rays que no son exactamente el último grito pudiendo estar por ahí bebiendo tequila? Pues porque ocurrió algo que agitó mi curiosidad por esta peli. En la fiesta de Halloween-Día de Muertos del colegio de mi niño, más de la mitad de las mamás “fresitas” iban disfrazadas de Maléfica. Hablo de decenas de mujeres que, con resultado desigual, habían pasado días preparándose para la ocasión. ¡Todo  un fenómeno social!

Sospecho sin embargo, que todas esas mujeres, a quien querían parecerse de verdad, es a Angelina Jolie. Y no me extraña. Siempre fue guapa, pero es que ahora además es elegante. Y cada vez mejor actriz.

D. E. P. la rubia ingenua que se queda frita hasta que un sosainas guapito de cara la besa.

¡Larga vida a Maléfica!